
Recuerdo la primera vez que me subí a un coche "eléctrico". Era un Toyota Prius, uno de los muchos taxis de la marca nipona que circulan por Granada, y lo primero que llamó poderosamente mi atención fue la conducción absolutamente silenciosa del vehículo.
He entrecomillado lo de "eléctrico" porque en realidad el Toyota Prius no es un automóvil eléctrico, sino un híbrido, ya que cuenta con un motor de gasolina que trabaja de manera coordinada con un motor eléctrico con la finalidad de optimizar el consumo de combustible y reducir las emisiones de CO2. Pero el Prius sólo era el principio de algo mucho más grande; el comienzo de lo que, por otra parte, se antojaba inevitable a medio o largo plazo: el fin de los motores de combustión.




