Probablemente, desde la misma posición en la que te encuentras en este mismo instante, podrás alcanzar con la vista más de un objeto fabricado en plástico. Tomándose la licencia de la exageración para acentuar gráficamente la situación, se podría decir incluso que vivimos en un mundo de plástico (con los pros y los contras que dicha afirmación conlleva). Sea como fuere, no cabe duda de que por su utilización, versatilidad y apabullante grado de aceptación social, merece ser incluido dentro del capítulo histórico reservado a la innovación en el siglo XX.
No obstante, no es sobre historia que trata esta entrada, sino sobre una alternativa en la fabricación del que posiblemente es el tipo de plástico más común: el polietileno.
Recientemente oí hablar sobre el “polietileno verde”. Lo de verde, como es de esperar, no responde ni más ni menos que al tirón comercial que en los últimos años tiene todo aquello que se identifica como “respetuoso con el medio ambiente” o “sostenible”, así como a la mejoría en la percepción por parte del consumidor de las marcas y/o empresas que prodigan la bondad de sus productos. Pese a lo poco original del nombre, decidí informarme sobre el tema. Comparto lo aprendido a continuación.
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